dimecres, 29 de setembre de 2010

Ensenyem bé les llengües?

A través d’un reportatge publicat al suplement ‘ES. Estilos de vida’ de la Vanguardia, el 5 de juliol de 2008 m’ha sorgit una reflexió relacionada amb la didàctica de les llengües. Us recomano que llegiu el reportatge que us adjunto a continuació titulat “Quiero hablar como Obama” i d’aquesta manera reflexioneu de la importància d’ensenyar l’art de la retòrica, i potenciar a les nostres aules l’aprenentatge del llenguatge no verbal. Ja em direu què us sembla!!


Reportatge publicat al suplement ‘ES. Estilos de vida’ de la Vanguardia, 5 de juliol de 2008
Una conferencia. Una presentación de un proyecto. Una reunión. Y sobreviene el pánico. El mismo pánico de cuando se era adolescente y el profe pedía que saliéramos a la pizarra. Inseguridades, miedos… se pueden superar con formación y práctica
QUIERO HABLAR COMO OBAMA Emma Quadrada
No es un don. No es innato. Lo dicen los expertos: se puede aprender a hablar bien en público y dejar de sufrir por ello. "Vienen alumnos que lo han pasado muy mal. Algunos ya habían renunciado a hablar en público y por ello habían perdido grandes oportunidades laborales". La profesora de oratoria Teresa Baró conoce de primera mano las dificultades que entraña la incapacidad para comunicarse de una forma efectiva en público. Da clases a políticos, abogados, directivos y ¡hasta a un lampista! "¿Para qué quiere un lampista aprender oratoria? Pues el chico era consciente de que cuando hablaba con sus compañeros de trabajo no salía adelante… y decidió hacer el curso". Continúa: "En el mundo laboral con un mínimo de responsabilidad directiva se necesita esta habilidad. Porque en cualquier momento puedes tener que dar la cara delante de los medios de comunicación. O tendrás que hacer ponencias, conferencias, etcétera. Todas estas actividades son propias del profesional de hoy".

Y los profesionales de hoy son los alumnos de ayer. Así que el problema que la sociedad española arrastra empieza en la etapa de formación. "Hay un abismo entre lo que se enseña tanto en la escuela primaria como en la universidad y lo que requiere el mundo profesional", exclama Baró. La primera conclusión es que los chicos no salen preparados para desenvolverse hablando en público. "En la escuela se potencia el estudio de la gramática y la expresión escrita. Los alumnos pueden suspender por errores en ortografía, por no hacer una buena redacción, pero poquísimas veces se les evalúa la capacidad de expresarse oralmente. Ni por aspectos tan importantes como la pronunciación o la vocalización. ¡Por no hablar del lenguaje no verbal!".

Teresa Baró, que dejó de dar clases de lengua en el instituto para crear Icómpani, su propia agencia de comunicación para adultos, ha detectado lo que para ella es la raíz del problema: "Los profesores son los primeros que no tienen ni idea de cuáles son las técnicas para hablar bien". Evidencia que "si los profesores de lengua somos los responsables de formar a los alumnos en técnicas de comunicación… resulta que en la universidad tampoco nos lo enseñan. Así que la solución empezaría por una buena formación de los profesionales de la docencia".

Hace tan sólo tres décadas el sistema escolar era así de rígido: el profesor era la autoridad, el que
hablaba, y los alumnos escuchaban. Punto. No había más. Las cosas han cambiado y los chicos tienen una mayor libertad de expresión, pero este cambio no incluye un aspecto fundamental: que sean capaces de hacerlo bien. Los alumnos tienen la posibilidad de expresar sus opiniones y argumentos "aunque otra cosa es que lo hagan bien desde el punto de vista de las habilidades y también de la educación, del protocolo que requiere una intervención pública", señala Baró. Muchos profesionales víctimas de esta mala formación acuden a ella y se sorprenden de sus propias capacidades. "Hace pocas semanas vino un abogado con más de veinticinco años de trayectoria y cuando acabó exclamó que era más fácil de lo que pensaba y que ojalá lo hubiera hecho antes".

Y es que lo importante es darse cuenta de ello, apunta la psicóloga Mercè Pasqual. "Es fundamental autoevaluarse. Reflexionar sobre qué he sentido, qué he aprendido y crear un contexto para poder continuar mejorando mis competencias". Coincide con Baró: el secreto es aprender y practicar mucho.
Pero la psicóloga añade que "se debe conectar con la fuerza interna y creer en uno mismo". En este punto habla de la importancia de mostrar la propia identidad: "Si te inventas un personaje que es distante de tus valores porque no te conoces o porque quieres aparentar lo que no eres para escalar profesionalmente, al final esta estrategia te pasará factura. Porque aparentar provoca tensión, te come la energía, entras en contradicción y al final estallas".

Las herramientas técnicas para hablar bien son recursos que se pueden trabajar. Las actitudes, también. Eso afirma la psicóloga justo después de apuntar que los tres o cuatro primeros años de vida de una persona son básicos en cuanto a la influencia que ejercen sobre la autoestima del individuo. Según ella, la "buena noticia" es que aunque la primera etapa vital configure nuestra capacidad de autoestima, "los adultos podemos trabajar para mejorarla porque de otra forma nos limita, no nos permite aceptar críticas ni mejorar". Y concreta: "Con una baja autoestima alzamos barreras defensivas que nos llevan a inculparnos, a enfadarnos o ser excesivamente perfeccionistas". Para mejorar, Mercè Pasqual apuesta por cambiar nuestra percepción de los sucesos. "Las situaciones del entorno pueden no cambiar pero sí la forma de interpretarlas. Reforzar el pensamiento positivo nos hace sentir más libres y felices". Con esta actitud positiva el buen orador Winston Churchill dijo: "Sea optimista. No es demasiado útil ser de otra forma".
Así que… ¡manos a la obra! ¿Por dónde empezar? Los expertos son estrictos en un aspecto: la base es la preparación del guión del discurso. En el libro Cómo hablar bien en público, la profesora de técnicas de comunicación oral y escrita de la Universidad Politècnica de Catalunya Joana Rubio y el escritor Francesc Puigpelat inciden en este aspecto señalando que "la clave para conseguir una estructura correcta e útil es hacer una búsqueda exhaustiva de ideas y argumentos y después darles una estructura coherente." Aclaran: "Aunque la presentación no sea leída, sino más o menos improvisada, debe tener una estructura determinada." Eso significa que se debe planificar con antelación el orden de los puntos que serán expuestos, cómo se conectarán y velar para que todas las partes converjan hacia el objetivo final del discurso. Rubio y Puigpelat defienden que es necesario memorizar esta estructura: "Se deben memorizar las ideas, no las palabras". Pero ¿cómo transmitir la sensación de naturalidad al público asistente si se tiene en mente lo que se debe decir? Los autores exponen que se llega a la improvisación (y a la naturalidad) sumando los conocimientos del orador sobre el tema del que habla y la memorización de los puntos que debe ir trenzando. O dicho con palabras del político inglés Lloyd George: "Confiar en la inspiración del momento: ésta es la frase fatal que ha arruinado a muchos oradores que prometían. El camino más seguro para llegar a la inspiración es la preparación".

Las técnicas para convertirse en un buen orador se mueven en dos campos fundamentales: el lenguaje verbal y el no verbal. El primero es quizás el que más atención ha recibido históricamente, pero el que influye más sobre el interlocutor es el que tiene que ver con la gesticulación y la actitud. "Los científicos han llegado a la conclusión que más del 65% de la comunicación de que se realiza de forma no verbal", apuntan Joana Rubio y Francesc Puigpelat en su libro. Y añaden una cita del viejo maestro del psicoanálisis Sigmund Freud: "Aquél que tenga ojos para ver y oídos para escuchar se convencerá de que ningún mortal puede guardar un secreto. Si sus labios mantienen el silencio, hablará con la punta de los dedos; la traición sale por todos los poros de la piel".

El aspecto de cómo nos mostramos a nivel no verbal es argumento de la obra del catedrático de
Lingüística General de la Universitat de Barcelona Sebastià Serrano, El instinto de la seducción. Su
conclusión es que "las nuevas tecnologías del audiovisual han contribuido de una forma decisiva a hacer emerger los cuerpos y el mundo no verbal como objetos informativos de primer orden hasta el punto de situar esta emergencia como el hecho sociológico más importante de los nuevos discursos de la modernidad".

Así pues, ¿cómo debe mostrarse corporalmente un buen orador? El abecé de la cuestión recae en
aspectos tan sencillos a la vez que efectivos, como, por ejemplo, estar de pie en vez de estar sentado.
Joana Rubio y Francesc Puigpelat afirman que ocultar el cuerpo detrás de una mesa o de un atril "da una imagen de inseguridad, poca sinceridad, intranquilidad y hostilidad". Aconsejan moverse de vez en cuando, de forma tranquila y segura, porque "un orador inmóvil no comunica"; no cruzar los brazos para no parecer a la defensiva; evitar los tics repetitivos, y no jugar con objetos tales como bolígrafos, llaveros o gafas.

Por su parte, Teresa Baró considera que en lo referente a lenguaje no verbal "somos unos analfabetos" y resalta su importancia y utilidad para poder "interpretar este lenguaje cuando lo utilizan otras personas, independientemente del uso que hagamos nosotros mismos de estas técnicas". La filóloga y profesora advierte de la gran diferencia que hay entre la situación que se da en España respecto a otros países del mundo: "El mundo anglosajón potencia muchísimo la comunicación oral. Y toda la zona de América Latina también. En Estados Unidos se hacen concursos de oratoria en las universidades y todos los investigadores están formados en este aspecto porque creen que son habilidades necesarias."
Para entender por qué nos seducen determinados oradores, Teresa Baró pone el acento en lo que ella llama "un cuerpo encendido". Se trata de un cuerpo "abierto y tónico", un cuerpo "equilibrado que comunica serenidad y firmeza". Añade que la actitud positiva se transmite a través de "la sonrisa, la energía, el cuerpo activo" y que el orador que quiere comunicar - una palabra que significa, estrictamente, "crear una zona común"- debe hablar de las cosas que interesan y afectan al público al que se dirige. A partir de ahí, las habilidades tales como entonar, usar los silencios, los gestos, etc., suman y siguen hacia el éxito.

BARACK SEDUCE

Si comunicar significa "crear una zona común" entre dos o más personas, queda claro que Barack Obama, candidato a la presidencia de Estados Unidos, es un gran comunicador. Es capaz de adaptar sus discursos a las condiciones particulares de cada situación y de detectar aquellos temas, problemas, circunstancias que preocupan al interlocutor que tiene delante. Conecta con el público y en ocasiones ha provocado que un auditorio entero se levante hasta trece veces de su asiento y ahogue su discurso en aplausos. Obama seduce y los expertos remarcan no sólo su virtuosismo verbal, sino también sus recursos y técnicas de comunicación no verbal.

La sensación que da al oyente es de firmeza y serenidad. No denota nerviosismo ni inseguridad: sus gestos son generosos pero naturales; su cuerpo es tónico, encendido, activo, abierto; enseña las manos, abre los brazos. Muestra su cuerpo al interlocutor y así la sensación es de transparencia, en lugar de estar a la defensiva. Su cara está relajada y tranquila; se muestra cálido y sonríe. Se mueve, pero sin tics ni sobresaltos. El abecé del buen orador.

En Estados Unidos muchos son los que adoran su retórica pero también son muchos los que recelan de ella. Su maestría no deja indiferente. Habla claro, de forma precisa y más sereno que alto. Pero es contundente en la forma de transmitir sus argumentos y en sus discursos podemos identificar algunos de los recursos que, precisamente, alimentan estos resultados. En un discurso que dio en septiembre en la Ashford University (Clinton, Iowa) su mensaje a favor de retirar las tropas norteamericanas del conflicto de Iraq quedó concretado en una más que contundente enumeración de fechas: "Me opuse a esta guerra desde el comienzo. Me opuse en el 2002. Me opuse en el 2003. Me opuse en el 2004. Me opuse en el 2005. Me opuse en el 2006". Su estilo es directo, claro y convincente.

Su retórica es catalogada por los expertos como brillante y la prueba es cómo hace vibrar las audiencias multitudinarias. Su lenguaje y estilo se han emparentado con el de Martin Luther King. El periodista Lluís Foix resalta como Obama "habla con una elocuencia espontánea de las divisiones raciales en Estados Unidos, de la ruptura entre las clases sociales y de un mundo viejo que se ha agotado". Añade Foix: "Este outsider de la política americana se ha convertido en un profesional que mima y se recrea en el lenguaje".

El columnista David Brooks escribió en una ocasión en The New York Times sus sensaciones después de
entrevistar al senador Obama. El título no puede ser más gráfico: ‘Obama, gospel and verse’ (Obama,
gospel y verso). Entre otros aspectos, Brooks destaca la capacidad de Obama para adaptar su tono de voz a cada ocasión y respuesta. De nuevo es esclarecedor remitirse a los autores clásicos: Quintiliano afirmaba que "para mover los afectos del auditorio, es necesario alzar y bajar la voz, y que tenga inflexiones". Otros periodistas del país no pueden evitar mezclar detalles referentes a su retórica en sus análisis políticos: "La retórica de Obama es ambiciosa" (John Kass, del Chicago Tribune), "Barack Obama está intentando un estilo campechano" (agencia de noticias Reuters), etcétera.

Este maestro de la política es atípico y está escribiendo una nueva página de la historia. Pero aunque los motivos por los que despierta tanto pasiones como recelos vayan más allá de su retórica, es innegable el poder de atracción de sus discursos.

EL DOMINIO DE LA PALABRA

Abogado y político romano, Cicerón es el referente por excelencia entre los grandes oradores de la historia. En la Roma del siglo II a. C. la oratoria fue un instrumento muy valioso para influir sobre la opinión pública en la lucha política - el hombre de la calle acudía al foro y escuchaba a oradores como si de un espectáculo se tratara - y un elemento fundamental en la educación de los jóvenes que pretendían dedicarse a la carrera pública. En su tratado sobre retórica De oratore, Cicerón compila sabios consejos para su formación. He aquí algunos ejemplos: "El orador hablará de tal forma que trate varias veces el mismo asunto; (…) que enuncie lo que dirá; que cuando haya acabado de tratar alguna cosa, la delimite; que se fuerce a volver al tema; que se repita; (…) que haga preguntas; que se responda él mismo; (…) que describa las costumbres y conversaciones de los hombres; que a menudo haga reír; que se anticipe a refutar; que utilice comparaciones y ejemplos; (…) que se haga amigo del auditorio".

HEREDERO DE LA RETÓRICA CLÁSICA

El político británico Winston Churchill está considerado uno de los grandes oradores del siglo XX. Una de sus máximas era: "Para hacer un buen discurso, se debe enunciar qué diremos, después decirlo, y finalmente recordar lo que hemos dicho". He aquí el ejemplo de cómo se debe estructurar un discurso. En las primeras frases el orador seduce al público y le resume brevemente lo que explicará. Acto seguido, desarrolla el discurso, con todos los datos y argumentos. En el tercer y último paso el orador recapitula, resume, saca conclusiones y da algunas recomendaciones. Esta estructura básica ya la establecieron los antiguos oradores griegos, como el sofista Antifonte en el siglo IV a.C., y sigue siendo válida.

LA VOZ ENCENDIDA

"¡Vale más morir de pie que vivir de rodillas!", fue uno de sus gritos de resistencia ante el fascismo. Dolores Ibárruri, conocida popularmente como la Pasionaria, fue todo lo contrario de lo que se esperaba de una mujer de clase obrera: ni resignada, ni silenciosa. Era directa y beligerante. Uno de los discursos más trascendentes que dio tuvo lugar en el Parlamento en junio de 1936. La dirigente comunista utilizó un estilo directo y muy contundente: "No quiero hacer simplemente un discurso; quiero exponer hechos, porque los hechos son más convincentes que todas las frases retóricas, que todas las bellas palabras, ya que a través de los hechos se pueden sacar consecuencias justas y a través de los hechos se escribe la historia".

LA RETÓRICA MALTRATADA

La palabra retórica sufre, como mínimo, un par de agravios. El primero: hay quien le atribuye connotaciones negativas. La retórica se asocia frecuentemente a la persona que habla mucho, enrevesado, sin rumbo ni argumentos sólidos. "¡Déjate de retóricas!", es una frase que hemos oído más de una vez. Pero nada más lejos de lo que los autores clásicos estudiaron, propusieron y practicaron.

Hace 1.900 años, Quintiliano escribió que las principales virtudes de un buen orador son la claridad, la propiedad de las palabras, el buen orden, ser comedido en las frases y que no falte ni sobre nada. La retórica es, pues, por definición, todo lo contrario a pomposidad, artificiosidad o falsedad. El cambio del concepto empezó en Occidente con los sofistas. Tal como remarca en el Diccionario de Filosofía J. Ferrater Mora, una buena parte de su llamada producción filosófica "no tenía un carácter objetivo, sino una mera intención declamatoria". Con el paso de los siglos, la retórica ha sufrido un segundo agravio: la tiranía del marketing. La palabra retórica u oratoria suena hoy a antigua y son muchos los que la han sustituido, por la palabra presentación.

1 comentari:

  1. Molt bona aquesta reflexió!! Ens agradaria molt que s'inclogués a la carrera de magisteri alguna assignatura on s'ensenyés a parlar en públic, a modular la veu, a fer servir el llenguatge corporal de manera adequada. Tampoc hi ha una gran oferta en formació continuada en aquest sentit i trobem que es la base de tot mestre, la seva eina de treball principal, saber comunicar-se i transmetre.

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